Volvimos a Charnela. Siendo puristas, el regreso no fue tal, pues acudimos al segundo local que han abierto allá por la Avenida de los Andes, con un guiño claro al público usuario y asistente del cercano IFEMA con los riesgos que ello conlleva. Hablamos de ferias y citas constantes pero de horarios dispares, de ahí su cocina abierta de manera ininterrumpida una media de doce horas al día. De perfiles tan variados como las mencionadas ferias. Pero en Charnela saben lo que se hacen, como están demostrando en Chamberí desde hace tiempo. Su confianza en el mar y en la maestría con las cazuelas de mejillones, el cuidado del resto de la carta que bien podría ser tan protagonista como los primeros y un servicio ágil, amén de un local luminoso y embriagador, redondean un lugar que fidelizará al ejecutivo que año tras año regresa a IFEMA por determinada exposición o muestra. Y, por supuesto, también a los afortunados residentes en la región que podemos repetir muchos otros días.